Nuestra odisea en el concierto de El señor de los anillos: La comunidad del anillo

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No necesito ahondar en la obra académica o creativa de Tolkien para que muchos de ustedes reconozcan en él al mayor exponente de literatura de fantasía medieval moderna. Como pocos, comprendió que el lenguaje, más que una herramienta, constituye el recipiente cultural de la sabiduría de los seres humanos. Su madre le enseñó latín, francés y alemán. Al crecer, se aproximó al finlandés, galés y al antiguo nórdico.

La literatura es un acto mágico; el objetivo de la poesía es descubrir el nombre real de las cosas. Las palabras no describen al mundo: le dan forma. Como escolar, Tolkien comprendía que la épica clásica era una forma oral de poesía: historias transmitidas a una audiencia por medio de un orador. Su amor por la palabra desembocó en varias afluentes: el Quenya, el Sindarin, el Khuzdul y la lengua negra, que, entre otros idiomas de su invención, pronto necesitaron culturas que los sustentaran y justificaran.

¡Señor Frodo!
¡Señor Frodo!

Para Tolkien, más que su producto, el lenguaje y la música son el comienzo de una cultura. El éntico (mi idioma favorito), por ejemplo, es lento, sonoro, repetitivo, de silencios prolongados y acumulaciones de significado. Si los árboles, seres longevos y parsimoniosos, pudieran hablar, éste sería el lenguaje que emplearían. Tolkien cita canciones en éntico que duran meses y habla sobre cómo un grupo de ents tardaron más de 24 horas en presentarse y desearse los buenos días.

Pero, aún más mágica que el lenguaje, la música constituye el verdadero centro (el inglés tiene una bella palabra para referirlo: kernel) del mundo. Tolkien no fue el primero en suponerlo. El filósofo Schopenhauer lo contempló mucho antes: “todos los sentimientos retornan a sus componentes primarios en la música; el mundo no es sino música vuelta realidad." No es coincidencia que en El Silmarillion, libro genésico de la ficción de El señor de los anillos, el mundo fuera formado a imagen y semejanza de una gran música.

El público río emocionado con aquella famosa línea de Boromir: "One Does Not Simply..."
El público río emocionado con aquella famosa línea de Boromir: "One Does Not Simply..."

De forma independiente a si nos gustó o no la adaptación que Peter Jackson realizó de la obra de Tolkien, debemos reconocer la gran labor de Howard Shore para componer una identidad sonora para los filmes y el universo de la Tierra Media. En cierta forma, de todos los aspectos de la película, éste fue el más importante. La música define el ethos de un pueblo, pues lo expresa por medio de un lenguaje universal. Es una esencia; no una representación.

Con este entendido, ya imaginarán mi gusto al asistir a la proyección de La Comunidad del Anillo, musicalizada en vivo por la Orquesta de las Américas, en el Auditorio Nacional. La idea es simple, pero poderosa: reúnes en un mismo sitio a los fans de Tolkien, pones la película de Peter Jackson y dejas que la magia de una orquesta en vivo haga el resto.

¡No pasarás, llama de Udûn!
¡No pasarás, llama de Udûn!

No sólo la interpretación fue fantástica (al grado que algunos incluso consideraron que hubiera sido mejor no proyectar la película), sino que interpretó magistralmente los temas más destacados del filme: Weathertop, Khazad-Dûm y The Nazgûl, entre otros. El broche de oro fue el final, cuando Rosalind Waters interpretó May it Be y The Road Goes Ever On. La audiencia respondió con calurosos aplausos e incluso se puso de pie al concluir la función.

La lección, a fin de cuentas, es que tanto la literatura como la música son actos alquímicos: el lector o espectador sufre una transmigración al experimentar la obra. Todos los hombres que repiten una línea de Shakespeare, son William Shakespeare, dice Borges. Por una noche, fuimos el fervor de la comunidad del anillo.

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