Age of Empires: Definitive Edition es justo como lo recordamos

Crónica de la conquista de 2 civilizaciones en Xbox LIVE


En fechas recientes recibí un inesperado correo electrónico con una cadena de caracteres que me ayudó a visitar una época que parecía olvidada. Fue la invitación a la Beta cerrada de Age of Empires: Definitive Edition, un juego que marcó una gran época para muchos porque introdujo el género de la estrategia en tiempo real a millones de hogares; después de todo, el juego fue localizado en español (una rareza al final de los 90) y su atractivo histórico es universal. Después de introducir dicho código en la Microsoft Store y descargar 17 GB de información, la cinemática principal me recibió con una de las tonadas más emblemáticas en la industria, ahora remasterizada y recompuesta por una orquesta real.

No pude contener la emoción por jugar Age of Empires: Definitive Edition. El inmortal juego ahora cuenta con un nuevo apartado gráfico totalmente mejorado que puede escalar a resolución 4K —aunque la interfaz gráfica permanezca diminuta y sin modificación— y con un gran trabajo de animación que entona perfectamente con su nuevo rostro. El terreno de juego ya no es una plasta verde que hiere a los ojos; ahora hay vegetación en la pastura y los cambios en el terreno son creíbles con porciones de tierra que se mezclan con las piedras y el pasto. Así, entré cauteloso en una partida multijugador cualquiera —el único modo disponible en la Beta— con otros 2 sujetos en un mapa gigantesco con vastos recursos; una especie de Deathmatch inocentemente configurado.

Después de elegir las civilizaciones que nos representarían, los participantes cordialmente pidieron “Tiempo de Paz”, lo cual, en teoría, significa que debemos comportarnos como caballeros para respetar una cantidad de tiempo para construir sin interrupciones una impenetrable civilización antes de comenzar las hostilidades. Como ser humano no tengo remedio, así que me apresuré a desarrollar mi imperio con el objetivo de romper el acuerdo pactado en el aire. Después de construir 2 edificios estaba en la Edad de las Herramientas y seguí hasta llegar a la Edad de Hierro.

Para que mis malvados planes dieran frutos debía encontrar pronto a los oponentes, pues así evitaría su crecimiento desmesurado. Terminé de construir las caballerizas necesarias rápidamente y envié a mis exploradores a cada rincón del cómicamente gigantesco mapa —que a propósito es mejor para enfrentamientos entre 8 jugadores y no entre 3—. La primera civilización que surgió en la esquina inferior izquierda en el minimapa fue del jugador que vestía con pantaloncillos amarillos; el primer infeliz a derrotar en una misión de damnación mundial de proporciones bíblicas. Enseguida, llevé a un puñado de aldeanos hasta la otra mitad del mapa, pero llegó sólo la mitad porque los leones se comieron a los demás. En fin. Comencé con la creación de maquinarias de asedio en las fronteras de la base enemiga para evitar el letárgico trayecto de las pesadas máquinas y cuando tuve unas cuantas formidables maravillas de la ingeniería desaté la furia de Roma.

La fuerza de las legiones romanas azotó el asentamiento amarillo que se defendió con muros de piedra y cualquier variedad de soldados obsoletos frente a la maravilla moderna del armamento de hierro. Tanto caballería como arqueros y guerreros con lanzas cayeron ante la presión de las masas romanas y la cadencia de la pesada artillería que oscurecían el cielo azul. Victoria aplastante para el Senado y el pueblo de Roma.

El regreso de tácticas clásicas
El regreso de tácticas clásicas

Cuando sonaron las trompetas y los tambores que anunciaron la caída de una civilización borré todo registro de ese asentamiento inferior. Casuchas, paredes y toda estructura con estandartes amarillos se derrumbaron bajo las pesadas piedras de la artillería. El segundo paso en mi macabro mundo dominado por estandartes color café fue la búsqueda y exterminación del exponente azul.

Nuevamente, mis exploradores peinaron los rincones del escenario y revelaron las locaciones donde la oscuridad reinaba. El jugador azul se escondía detrás de un conjunto de paredes a las 5 en punto de mi mapa. Reuní a mis legiones de romanos cuando comenzó a reinar el caos; carrozas y centuriones avanzaban torpemente y se estancaron en medio de unidades aún más torpes. Algunos danzaron toscamente entre sus compañeros al ser incapaces de encontrar el camino más corto a su objetivo. El recorrido fue difícil con la civilización enemiga en el horizonte, pero con un par de comandos rápidos organicé mi ataque en grupos; 1, 2, 3 y 4 para ordenar a mis gloriosos romanos.

Con la confianza ciega en mi poder militar, regresé la atención a casa, donde empalidecí por el pobre estado de mi escenario económico: decenas de peones holgazaneaban a un lado de las vetas de minerales y otros estaban de pie sin nada que hacer. Enseguida los puse a trabajar con puño de hierro. Al presionar un comando los obreros de triste existencia fueron comandados, uno por uno, a trabajar en las granjas, a extraer minerales y a talar madera; así sucesivamente hasta que mi botón mágico dejó de funcionar, lo que indicó que mi fuerza de trabajo operaba a su máxima capacidad.

Ignoré los cuernos de guerra que sonaban cuando administraba mis distritos sociales y fui testigo del primer escenario apocalíptico que no había imaginado: mis falanges y carrozas con guadañas fueron reducidas a polvo por la dura defensa del que se había convertido en mi respetable enemigo. Con horror descubrí un error crucial que cobró la vida de mis soldados: las pesadas municiones que lanzaban mis catapultas los aplastaban indiscriminadamente. Había olvidado que hay fuego amistoso bajo estas circunstancias y que es mejor controlar manualmente la artillería.

Enemigo al acecho
Enemigo al acecho

Este hecho que aconteció en el transcurso de los años —dentro del juego— me orilló a poner en marcha lo que había aprendido a lo largo de décadas —en tiempo del mundo real—de juegos estratégicos: la masa puede contra todo. Enseguida ordené la construcción de una decena de academias y caballerizas, las agrupé en 2 unidades de control y comencé a presionar Q y W tan rápido como podía. Mientras comenzaban a salir mis flamantes nuevas unidades tuve que agruparlas temáticamente: en la tecla 1 mis leales Centuriones; en la 2, mis carrozas asesinas y en el 3, mis catapultas destructoras.

Con un movimiento organizado asalté por segunda ocasión el asentamiento enemigo que tomaba un segundo aire después de diezmar a mis tropas. Arremetí contra sus líneas principales usando las falanges romanas y las carrozas de rápido movimiento embistieron los costados mientras lidiaban con los artefactos de fuego pesado tan pronto como aparecían bajo la visión. Mis dotes como general frustrado dieron los resultados esperados y el enemigo cayó sin remedio mientras sus distritos militares, agrícolas y, finalmente, los habitacionales, eran destruidos sin piedad. Estaba cantando victoria y miraba la lista de puntuación para asegurarme de que tenía la más alta, pero las trompetas y los tambores que me laurearían nunca llegaron. ¿Dónde está tu honor, basura? Ya sé lo que haces.

La contienda se extendió durante miles de años —en tiempo dentro del juego—; mi oponente diseminó a sus peones por todo el territorio e incluso los llevó a ocupar chozas en los rincones inhóspitos del territorio. Su objetivo era claro: preservar su nombre en los Anales de la partida en línea de Xbox LIVE. Bajo su respetable óptica, un jugador —yo— en pleno 2018 no soportaría cazar a los diminutos peones durante más de 2 largas horas —en tiempo del mundo real—, pero no contaba con que mi temple es de carácter legendario. He visto cosas que muchos no creerían, mutaliscos en fuego en las cimas de Aiur; he visto a Kharak arrasado por flotas alienígenas. Momentos que quedarán perdidos como lágrimas en la lluvia, pero no hoy… y además, tengo mucho tiempo libre.

Rápidamente sacrifiqué a un puñado de carrozas, no porque fuera un sanguinario líder, sino porque mi población llegó al límite. Con las nuevas habitaciones en espera de sus nuevos inquilinos, llené la línea de producción con exploradores y ágil caballería para iluminar las partes oscuras del mapa. Poco a poco fui encontrando centros urbanos que rápidamente crecieron en fortalezas miniatura que escupían unidades sin mucha esperanza. También proliferaron las torres de guardia que hicieron muy poco para detener las embestidas romanas.

Con paso firme cada Centro Urbano sucumbía al paso de mis exploradores mientras mis acciones por minuto ascendían a centenares —en mi mente— al gestionar ágilmente a las formaciones romanas que dispersé por todo el territorio hasta que vi surgir el miedo en el oponente. Sabía que estaba próximo a ser derrotado: cada nuevo Centro Urbano que mis huestes destruían tenía cada vez menos academias y barracas y en un inglés sumamente roto no paraba de rezar “no ganar tú”.

La partida llegó a sus últimas consecuencias cuando mi heroica caballería dio caza y aniquiló sistemáticamente a los peones que el enemigo intentó escabullir entre los espesos bosques. Fue como una guerra santa; un genocidio de proporciones bíblicas que redujo los números del contrincante hasta llegar a cifras solitarias.

Su último peón fue derribado junto con su última estructura, una simple casucha. Fue entonces cuando sonaron las dulces campanadas y los tambores que anuncian un gran triunfo. ¡Por fin, la anhelada victoria es mía! Por un momento pensé que insultar a mi oponente era lo sensato y hasta escribí en la barra de chat palabras que ningún humano debería entonar… pero decidí ser un buen ganador y enviar un afectuoso GG; buen juego.

Al final intercambiamos palabras de afecto y hablamos de lo grandioso que resulta llevar hasta sus últimas consecuencias una partida en línea de Age of Empires. Justo como lo hacíamos en los días de gloria, cuando solíamos agruparnos en el extinto Zone.com (después conocido como MSN Gaming Zone) para convivir y conquistar civilizaciones. Juntos conmemoramos Age of Empires: Definitive Edition y concluimos que es exactamente como lo recordamos.

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